El Museo Thyssen-Bornemisza celebrará del 9 de junio al 13 de septiembre de 2015, la exposición Zurbarán: una nueva mirada, que plantea una revisión actualizada de la obra de este gran maestro del Siglo de Oro español desde la perspectiva de los descubrimientos y estudios realizados en las últimas décadas, que han venido a enriquecer el conocimiento del artista y de su trabajo.
La muestra presentará, 63 obras, en su mayoría de gran formato, distribuidas en siete salas, siguiendo un orden cronológico y atendiendo también a la naturaleza del encargo por el que fueron ejecutadas. Con este planteamiento, el visitante encontrará espacios dedicados a las grandes comisiones de las comunidades religiosas junto a otros donde se contemplarán obras individuales destinadas a la devoción privada. También se presenta por primera vez una sala dedicada a la producción de los ayudantes del taller y otra a la naturaleza muerta, en la que se reunirán algunos de los escasos bodegones del maestro junto a los de su hijo Juan, colaborador y discípulo aventajado, cuyas magníficas pinturas de flores y frutas han sido recientemente redescubiertas y puestas en valor.
De su primera época, la exposición contará con la que se considera una de sus obras maestras de juventud, el San Serapio (1628) del Wadsworth Atheneum de Hartford, una de las piezas destacadas de la exposición y solo expuesta en España en una ocasión hace más de cincuenta años; además de algunas obras importantes de nueva atribución, como la Aparición de la Virgen a San Pedro Nolasco (c.1628-1630) de una colección privada de París, y otras nunca antes vistas en nuestro país, como San Francisco de pie contemplando una calavera (c.1633-1635) o San Blas (c.1633-1635), procedentes de San Luis y Bucarest, respectivamente.
Los grandes ciclos monásticos de 1638 y 1639 marcaran el apogeo de la carrera del pintor, de aquella época se expondrán, La adoración de los Magos (c.1638-1639) procedente del Musée de Grenoble o el Martirio de Santiago del Museo del Prado. Después vendría la producción pictórica destinada al mercado colonial como, el Cristo muerto en la Cruz del Museo de Bellas Artes de Asturias, colección Pedro Masaveu, la Casa de Nazaret de una colección madrileña o San Francisco en meditación de la National Gallery de Londres, son algunos de las piezas destacadas en esta sección; junto a ellas se exponen otras de más reciente atribución, como la Huida a Egipto del Seattle Art Museum o San Antonio de Padua, procedente de la Commune d’Etreham.
La última sección de la muestra, presenta el mayor número de obras incluidas recientemente en el catálogo del pintor y realizadas en sus últimos 12 años (1650-1662), entre ellas, San Francisco rezando en una gruta (c.1650-1655) del San Diego Museum of Art; Cristo crucificado con San Juan, la Magdalena y la Virgen (1655); Virgen Niña dormida (c.1655) o el magnífico óleo de los Desposorios místicos de Santa Catalina de Alejandría (1660-1662), todos ellos de colecciones privadas
Hijo de un comerciante acomodado, Francisco de Zurbarán nació en Fuente de Cantos (Badajoz) en 1598 y fue el menor de cinco hermanos varones. Se formó en Sevilla, en el taller de Pedro Díaz de Villanueva, donde está documentado en enero de 1614. Concluido su aprendizaje, contrajo matrimonio a los 19 años con María Páez, con la que tuvo tres hijos, entre ellos Juan, futuro pintor y colaborador. Zurbarán se casó en dos ocasiones más, con Beatriz de Morales en 1625 y con Leonor deTordera en 1644.
En 1626 firma un contrato para realizar 21 pinturas para los dominicos de San Pablo el Real de Sevilla. Esta tarea, con escenas de su fundador y que se comprometió a realizar en ocho meses, le abrió las puertas de la ciudad, logrando nuevos encargos, como el del convento de la Merced Calzada.
En 1629, Zurbarán se instaló con su familia y ayudantes en Sevilla; ahí continuó trabajando en grandes conjuntos solicitados por diferentes órdenes religiosas. En 1634 su reputación y su amistad con Velázquez le brindaron la oportunidad de colaborar en la decoración del Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro. Se traslada por un tiempo a la capital, donde pinta dos grandes cuadros de historia con el tema del Socorro de Cádiz y una serie sobre los trabajos de Hércules cuyo tratamiento, muy realista, sorprende todavía hoy. De regreso a Sevilla, realizó dos de sus series más importantes: el retablo mayor para la cartuja de Jerez (Cádiz) desmembrado a principios del siglo XIX, y el conjunto del monasterio de Guadalupe (Cáceres), único encargo que ha permanecido in situ hasta la actualidad.