Parece evidente que a estas alturas del siglo, todos los seres humanos, por el mero hecho de serlo, tenemos reconocidos una serie de derechos que podemos ejercitar allí donde hemos nacido. Está claro que, al menos en el primer mundo, el de los países más desarrollados, con un nivel de renta alto y sistemas políticos democráticos, estos derechos están garantizados por los estados. Sólo hay que recurrir a la declaración universal de derechos humanos, que suscribieron las naciones hace más de sesenta años, para comprobar su vigencia en el mundo actual. Ahora bien, a esta declaración solemne de derechos le sucede lo mismo que a la mayoría de las constituciones nacionales: hay que hacerlas cumplir. Y digo bien, hacerlas cumplir por todos y en todos los lugares. Hay que descender del papel en que se plasmaron a la realidad práctica de todos los días. Hay que vigilar que se aplican, y si no es así, denunciar su incumplimiento allí donde se produzca. Hasta aquí, creo que todos podemos estar de acuerdo, pues estas son observaciones de sentido común.
No estoy tan seguro que, a escala individual, los derechos mencionados y otros que no figuran en esa carta, sean reconocidos por todos de forma automática. Sólo hay que pensar en los derechos de los niños, de los ancianos y de las minorías, que sabemos todos que se conculcan a diario. Pero quiero ir más allá, y decir que muchas veces todos nosotros, por acción u omisión, permitimos que otros salten sobre nuestros derechos sin presentar resistencia. Me explicaré. La convivencia humana, para que sea posible, exige de un conjunto de actividades, que llamamos habilidades sociales, para expresar nuestros deseos, sentimientos, actitudes y opiniones destinadas a los otros. La manera de relacionarnos exige el cumplimiento de ciertas reglas que facilitan el entendimiento. Que hay personas que se comportan de forma más habilidosa en sociedad, es innegable. También es cierto lo contrario, o sea, personas más pasivas que comunican demasiado poco. Y existe un tercer grupo de personas, de comportamiento agresivo, que comunica de forma intimidatoria. Excepto el primero, que la psicología social llama “asertivo”, los otros dos estilos tienen asegurados toda clase de conflictos interpersonales, allí dónde vayan. Tanto en la familia, como en el trabajo, y con los amigos, el pasivo no sabrá defender sus derechos y el agresivo tratará de imponer los suyos.
Estamos viendo, pues, que la defensa de los derechos humanos básicos, no es fácil ni espontáneo, ya que depende, como siempre, del tipo de personalidad que se posea. Tomar conciencia de cómo nos comportamos en sociedad, debe llevar a repensar nuestro modo de conducirnos con los demás, sobre todo cuándo se tiene la sensación de no estar haciéndolo de manera eficaz. La autocrítica razonable, no destructiva, nos pondrá en la pista de lo que estamos haciendo equivocadamente, y aprestarse a modificarlo. No tiene que caber duda a nadie que, todos tenemos derecho a ser tratados con respeto y dignidad; a pedir lo que queremos; a cometer errores; a decir no; a ser escuchados; a ser independiente; a tener opiniones y expresarlas y un largo etcétera. Es un código que debemos conocer y hacer respetar, sin sentirnos culpables por ello, independientemente del interlocutor que tengamos enfrente. Son múltiples los escenarios sociales en que nos desenvolvemos, y en todos ellos hay implicadas personas con intereses muchas veces encontrados.
No obstante, hay que estar vigilantes. Nada se nos da gratis y todo ha de ser conquistado, si bien de manera considerada y no exigente. Los demás también tienen los mismos derechos que nos asisten a nosotros. De la adecuada conjunción de los mismos, va a salir la mejor forma de convivencia. Y cuando haya problemas, que los vamos a tener, intentar verlos más como oportunidad y reto que como obstáculo. De los conflictos se puede salir lesionado o mejorado, dependiendo de cómo nos los planteemos. Una vez más, hemos de recordar que, la mejor solución es aquella en que todos ganan algo y nadie pierde mucho. Con esa consigna en mente, es como nuestros derechos, y los de los demás, van a ser mejor preservados.
Por Carlos Espina, psicólogo.