¿Por qué nos drogamos?

Desde la antigüedad más remota, el Hombre ha usado de las drogas a su disposición para vivir. Los problemas que la vida plantea, y su no resolución mediante las propias fuerzas, le han llevado a buscar “ayudas” fuera de sí para superarlos. La impotencia, o el sentimiento de no poder con la vida, conducen a menudo a ciertas personas -las vulnerables- a utilizar la falsa solución de las drogas. No voy analizar aquí la moralidad o inmoralidad de recurrir a esa solución, pues no me corresponde a mí realizar ese tipo de reflexión. Voy, tan solo, a analizar qué es lo que lleva a que en la actualidad esté muy difundido su uso (lúdico y no lúdico) en todos los niveles sociales.

Del tópico drogas legales e ilegales se ha hablado ya bastante, por lo que entrar al tema por esa vía parece reiterativo. Creo que es más necesario intentar conocer la motivación general por la que son usadas. Habremos de partir de las causas individuales que son las que todos podemos entender mejor. El desarrollo de la personalidad del adulto es un proceso harto complejo que de no completarse, da pie a toda clase de problemas y deficiencias. Constituye una falsa percepción el considerar que, por llegar a una determinada edad, ya se es un ser humano completo y logrado. Nada más lejos de la realidad. Cumplir años no significa que por ese solo hecho, el ser humano haya madurado. Tengo que recordar ahora que, según la teoría de la cosecha, para recoger uvas en septiembre ha habido que hacer una serie de tareas previamente, como tratar la tierra, podar, regar, etcétera, para luego poder recoger el fruto deseado. Si esto es así, y todos lo podemos entender así por su lógica aplastante, igual sucede con el desarrollo de un ser humano. Éste habrá de recorrer todos los hitos previos para lograr la madurez deseable, dado que ese estado no se logra sin esfuerzo ni existen atajos.

De esta manera, el ser humano que recurre a drogas para vivir, busca disminuir su sufrimiento y conseguir ese poder mágico que le proporciona la sustancia escogida. Como se deduce fácilmente, esa magia no está en el producto, sino en la mente del consumidor que proyecta en ella esa cualidad. Pero ese suplemento exterior viene a suplir una carencia interior, producto de un desarrollo evolutivo que se ha visto detenido en algún momento y es inconsciente para él. Vemos, pues, que esa persona al tener la autoestima disminuida, está condenada a buscar, compulsivamente, “la ayuda” que le haga saltar por encima de esa deficiencia que se creó en su pasado. Para terminar de configurar la situación, por mucho uso que haga del mencionado remedio, jamás va a resolver su situación carencial, dado que no ha tomado conciencia de cuál es su déficit real ni ha puesto los medios para resolverlo. Así, se puede asistir a un circulo autodestructivo que, si no acaba con la vida física de la persona, sí acabará con su calidad de vida psíquica, convirtiéndole en un ser eternamente dependiente de la sustancia.

La droga, su consumo, no va a dejar de usarse hasta que la persona decida ponerse en tratamiento para resolver su situación. Está claro que, por muchos intentos que se hagan para liberarse en solitario de la droga, siempre se va a volver a caer en su red, pues no se habrá descubierto la razón de su uso. Será necesario analizar el fallo en la construcción del yo, para proceder a su reconstrucción simbólica, y de esa manera poder abandonar un hábito que ya habrá perdido su utilidad. El síntoma, y la drogadicción lo es, se mantiene porque presta un cierto servicio, de modo que si se desenmascara su sentido, acabará secándose. Ahora bien, a nadie se le debe ocultar que el proceso terapéutico no es un camino de rosas, pues exige un trabajo conjunto e intenso entre el terapeuta y el consumidor, en que son frecuentes los retrocesos y las recaídas, antes de llegar a su resolución definitiva. No obstante, aunque nadie asegure la rapidez del proceso, merece la pena intentarse para que la persona recupere la libertad perdida. El autocontrol en el adicto es inexistente y le mantiene esclavizado en un círculo vicioso que debe ser destruido para volver a tener las  riendas de la propia conducta en su mano.

Por Carlos Espina, psicólogo.