La conservación de buena parte del patrimonio está en manos de personas jubiladas. La falta de recursos materiales y humanos tanto de la iglesia como de las administraciones hacen que el cuidado de ermitas e iglesias de toda España recaiga en manos de voluntarios.
España tiene el privilegio de disponer de un extenso y riquísimo patrimonio artístico y cultural que en ocasiones no se cuida como es preciso. Miles de iglesias y ermitas sobreviven en condiciones precarias, amenazadas por la ruina o el abandono. Las administraciones y la iglesia no están sobradas de recursos para su mantenimiento y sólo la solidaridad y la entrega de personas voluntarias, gran parte de ellas jubiladas, hace posible que algunas sigan teniendo una esperanza de vivir tiempo mejores.
Mercedes Pascual Romero trabajó durante 40 años en una agencia de viajes. A los 61 años le llegó una jubilación anticipada que no deseaba y tuvo que buscar una manera de emplear su tiempo de manera provechosa. La encontró en la parroquia de Santo Tomás, una hermosa iglesia de 1605 en el centro de Haro, en la Rioja. Allí, dirige un grupo de 24 voluntarios que cuidan de la parroquia y hacen las veces de guías para los visitantes. De la parroquia pasó a formar parte de la Cofradía que cuida San Felices, una ermita encaramada a los riscos que separan La Rioja del País Vasco. Los cofrades se reparten el trabajo, entre el cuidado de la ermita y la apertura de la misma a aquellas personas que quieran visitarla.
Mercedes hace esto «porque encuentro una gran satisfacción personal. Es bonito poder enseñar a los demás aquellos lugares y tradiciones que tenemos aquí. Y sin los voluntarios como nosotros, estas cosas no se harían». Mercedes dedica gran parte de su tiempo a la cofradía y a la ermita. Colabora en la celebración de los encuentros y romerías que se hacen en la ermita, pero «una lo pasa bien, porque se hace con gusto». Para Mercedes no hay duda, «sin nuestro trabajo, la ermita quedaría cerrada y abandonada».
Mundaka es un pueblo de la costa vasca que se anima sobremanera en verano y es famoso por las olas que produce la bahía. Asomada al mar está Santa Catalina, una ermita esbelta que ha afrontado durante siglos los embates de las aguas y de los hombres. Ahora, un grupo de personas, como Begoña, como Kepa o como Clara, ayudan a que la ermita no se venga abajo.
Clara es de Portugalete, pero siempre veraneaba en Mundaka, le gustó tanto que se quedó a vivir. Ya ha pasado los 70, pero sigue muy activa. Desde siempre ha estado metida en la iglesia, ha sido catequista, lectora, y ahora cuida Santa Catalina.
Lamenta que no tengan más ayuda, «hace falta que la gente del pueblo se implique más, pues hay cosas que hace falta hacer. Nosotras hacemos lo que podemos, y gracias a Kepa (un vecino del pueblo), está así, pero hace falta más ayuda. Nosotros tenemos las puertas abiertas para que la gente al menos la vea sobre todo en verano que es cuando viene más gente, pero no hay nuevo remplazo. Es un problema para esta iglesia y también para Santa María, porque no hay gente que quiera dedicarse al cuidado de las iglesias.

El problema es común a otras iglesias y ermitas. No son rentables económicamente, y la iglesia no dispone de recursos para atender a tantos edificios a veces milenarios, con necesidades específicas de cuidados de recuperación y conservación.
Joseba Fernández es el presidente de la asociación de Jubilados de Bermeo. Desde hace años tiene a su cuidado uno de los enclaves más bonitos del cantábrico, la ermita de San Juan de Gaztelugatxe. No recibe apoyos de la administración ni tampoco de la iglesia, pero cuida y mantiene la ermita en perfecto estado, y se encarga, junto a los compañeros de la asociación, de su cuidado y mantenimiento.
La abren todos los sábados por la mañana para que la gente la pueda ver. «Yo lo hago por gusto, pero necesitamos que nos ayuden porque no recibimos recursos de ningún tipo».
La celebración de bodas y otros acontecimientos, así como las donaciones económicas o la venta de recuerdos suponen los pocos ingresos que reciben la mayoría de estos monumentos históricos, muchos de ellos protegidos por ley, pero que están pasando por una difícil situación. La pérdida de vocaciones, el envejecimiento de la población eclesiástica y la merma del número de personas vinculadas a la iglesia hacen que el patrimonio cultural español esté en peligro. Y no aparecen soluciones fáciles en el horizonte.

Ricardo Garay es socio de Kalearte, una empresa que busca rentabilizar el patrimonio a la vez que lo promueve entre la población. Enseña a grupos concertados los secretos de San Vicentejo, una joya del románico en pleno condado de Treviño. «Las personas somos curiosas por naturaleza y queremos saber qué estamos viendo y qué significa esto o aquello. Visitar un monumento se disfruta más si alguien preparado te enseña lo esencial. El patrimonio debe ser rentabilizado, porque el abandono y el cierre de monumentos y edificios es el primer paso para la ruina».
El de la empresa privada es un camino por explorar. Entre tanto, recemos porque sigan existiendo esas personas que voluntariamente guardan en sus casas las llaves de edificios centenarios, y que de vez en cuando pase alguien por allí con ganas de saber más sobre esa ermita, sobre esa iglesia que calla tantas historias.